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El último acorde: Ramón Ayala deslumbra en su despedida

La noche del sábado, la Arena Ciudad de México se convirtió en un verdadero santuario de la música norteña, donde la leyenda de Ramón Ayala, el indiscutible “Rey del acordeón”, resonó como un eco de tradición y pasión. Después de más de 66 años de carrera, el ícono del género se despidió de su público con un concierto que será recordado por generaciones.

“Las palabras se las lleva el viento, pero la música queda para siempre”, dice un viejo dicho, y anoche, el maestro Ayala demostró que su legado perdurará en el corazón de sus seguidores. Con un inicio programado a las 21 horas, la espera se tornó en ansias; el público, que llenó el recinto con más de 10,000 almas, expresó su impaciencia con gritos y chiflidos. Sin embargo, cuando Los Bravos del Norte, su agrupación de confianza desde 1971, hizo su aparición, todo quedó en el pasado.

A su llegada, el “Rey del acordeón” pidió disculpas por el retraso, pero prometió una noche a lo grande, y vaya que cumplió. Sentado en el centro del escenario, con su inseparable acordeón como compañero, comenzó su repertorio con “Un puño de tierra”, y la Arena se convirtió en un mar de emociones. Las parejas danzaban en los pasillos, y el ambiente se encendió con cada nota que salía de su acordeón.

Los temas icónicos como “Las casas de madera” hicieron vibrar las paredes del recinto, mientras el público, entonando la letra a todo pulmón, demostraba que la música de Ramón no solo se escucha, se siente. “Ahora vamos a cantar una de las viejas”, dijo con picardía, y el momento se tornó mágico con “Seis pies abajo”, haciendo revivir recuerdos de amores pasados y anécdotas entrañables.

El maestro también rindió homenaje a su fallecido compañero Cornelio Reyna, con el que compartió escenario en sus inicios. Acompañado por el Mariachi Los Reyes, interpretaron clásicos que hicieron delirar a los asistentes, quienes no escatimaron en vítores y aplausos, dejando claro que el legado de Ayala es un tesoro nacional.

A medida que avanzaba la noche, los recuerdos fueron fluyendo como el río de la nostalgia. “Con esta canción conocí a mi vieja y llevamos 56 años de casados”, compartió antes de interpretar “Mi tesoro”, un momento que hizo que las parejas se abrazaran con más fuerza, sellando una noche que quedará grabada en sus corazones.

El concierto culminó con “Que me entierren cantando” y otros éxitos que encendieron la euforia colectiva. Aunque Ramón Ayala y Los Bravos del Norte anunciaron que se acercaban al final, el público, lejos de dejarlo ir, exigió más. Con cada acorde, el ícono reafirmó su estatus, dejando claro que su música, como el buen vino, mejora con el tiempo.

La despedida de Ramón Ayala no fue solo un adiós, sino una celebración de su legado en la música norteña. Con su acordeón y su voz, se llevó consigo el cariño de un pueblo que jamás olvidará al “Rey del acordeón”. La noche terminó, pero su música seguirá viajando a través del tiempo, recordando a todos que, aunque el artista se retire, su esencia siempre estará presente en cada rincón de México.

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